una última y nos vamos.
las fiestas en tiempo de cólera.
domingo, 18 de enero 2026
desde mi balcón escucho la música y las bocinas de las guaguas municipales en dirección hacia viejo san juan. cada cinco minutos sale una procesión desde el hiram bithorn hacia la isleta, transportando a cientos, miles de personas a las fiestas de la calle san sebastián. la celebración más grande de puerto rico, estas fiestas representan un cierre semi-oficial a las navidades más largas del mundo. temprano esta mañana anunciaban otro récord de asistencia: más de 350,000 personas se dieron cita en el tercer y penúltimo día. hoy se estiman muchísimas más – capaz que llegamos a los millones en asistencia. y aunque este año preferí permanecer en casa, lejos de la peregrinación que nos hace subir y bajar, estos días me hace falta lo disruptivo de la algarabía.
en tiempos de individualismo por diseño e hipernormalización, cada vez más me encuentro buscando asilo en el libro-ensayo ‘el laberinto de la soledad’ de octavio paz. más allá de ser un pilar antropológico sobre la identidad y cultura mexicana, éste para mi siempre se sintió más como una reflexión y carta de amor a su pueblo. con una mirada tan crítica como tierna, el texto nombra las consecuencias culturales de sobrevivir siglos de violencia política y la tenacidad humana para siempre regresar a lo que nos hace sentir vivas.
aunque este texto tiene un nivel enciclopédico de perspectivas, solo hay una que me acompaña una década más tarde de haberla leído. si te soy completamente honesta, es lo único que recuerdo y que aún me hace acercarme a cada jangueo con nostalgia y melancolía. en ‘todos santos, día de muertos’, paz explora cómo la fiesta mexicana es una de las expresiones más claras de cómo la persona se relaciona con la vida, la muerte y la comunidad. no es solo una celebración: es un quiebre con lo cotidiano y su violento. es un momento anticipado, a veces el único lujo que se permiten las personas en austeridad. la fiesta, según el autor, es un momento en el que incluso quienes más sufren pueden derrocharse, gritar, cantar, beber y hasta “descargar el alma”.
durante esos días, hasta las personas más reservadas y silenciosas se abren, se permiten el exceso. anticipan el calor de la gente que se desborda. quienes celebran dialogan con la divinidad, con los muertos, con la patria y con las otras. la fiesta como revuelta simbólica donde el orden cotidiano se suspende, las jerarquías se invierten y el caos se permite – no para destruir, sino para purificar y volver a crear el tejido social. en esa explosión se abrazan las contradicciones: vida y muerte, júbilo y duelo, canto y grito. se derriten las barreras sociales en la euforia de la fiesta. según paz, no hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero tampoco nada más triste: la celebración es también un recordatorio de la soledad, de la pérdida y de la fragilidad humana, un instante en que el pueblo intenta saltarse el muro que lo separa de las otras y de sí mismo, aunque sea por un momento.
esta tarde navego el catálogo de redes sociales desde la comodidad de mi sofá, el espacio seguro y sagrado que es mi hogar. una compilación de imágenes desde irán acaparan mi pantalla. deslizo. unas amigas disfrutan de un bombazo en la perla. deslizo. más allá de mi teléfono, el sonido de otra caravana hacia san juan retumba por toda la sala. ahora suena una actualización desde la militarización y violencia federal en minnesota. deslizo. recibo un mensaje de mi tía: una foto de mi hermano menor cantando junto a sus compañeros de la tuna desde la calle san sebastián. entre las actualizaciones de los derechos que vamos perdiendo, busco imágenes de quienes pusieron todo en pausa para celebrar un ritual cultural que nos pone al comando de nuestras decisiones aunque sea por unos días. disfruto parasocialmente, a través de quienes disfrutan poniendo el cuerpo, entendiendo el milagro de poder congregarse y comulgar en un mundo que cada vez más nos aísla.
octavio paz describe la fiesta como una “operación cósmica” – un evento profundo y fundamental para la vida social. quizás un regreso a un estado primitivo, anterior a las normas sociales, donde se suspenden las jerarquías y se liberan las tensiones. caótica, pero no destructiva. y aunque hablaba de la fiesta mexicana, es imposible no asimilarla a esta experiencia boricua, esta peregrinación colectiva que cada vez más acapara la atención global de un mundo en llamas.
en mi archipiélago, la fiesta también es sagrada. es nuestro punto de encuentro, incluso a través del duelo. sonreímos a través de la tempestad cuando nos agarramos de mano, luchamos desde la canción y el ritmo de nuestras ancestras. celebramos nuestra cultura porque es perseverancia – porque a pesar de todo seguimos aquí – con la soledad, la pérdida y la fragilidad humana y también la alegría que eso conlleva.
ya mañana no habrán caravanas anunciando su paso. las calles de viejo san juan no ocuparán procesiones culturales por unos meses, jamás de la misma magnitud hasta estos mismos días el próximo año. nos toca auscultar convocatoria para el próximo encuentro para gritar y bailar lo que nos duele. pero qué alivio saber que en nosotras siempre habrá algo que nos devuelva a un camino conocido. contamos con una celebración cultural cargada en nuestro marco ancestral – una probada de lo que podemos ser.
contigo en crisis,
ale-marie
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Muy hermosa esta entrada, Ale. Así mismito.
wow! da gusto leer esta entrada y reflexionar en la belleza de las fiesta que nos construye. Preciosa!